Desde una esquina africana: OTRO MAR, OTRO SUELO

Felipe García Landín Opinión

«La verdad de los seres humanos es una tensión, un proceso de conocimiento, una conexión con la experiencia, con la vida, con la realidad, con los otros seres; un contraste entre el mundo y la consciencia». Creo que estas palabras de Emilio Lledó podrían perfectamente definir el último poemario de Nilo Palenzuela, Otro mar, otro suelo (Editorial El sastre de Apollinaire, 2022); porque este libro cartografía la verdad de los seres humanos desde África, sin mitos ni tópicos. El  poemario es un canto a África, un canto polifónico a la encrucijada de culturas hindúes, malgaches, africanas y europeas, allí presentes, «sobre la piel blanca de las islas, sobre la piel marrón, malgache, china, hindú, cafres, malbars de otras islas, ¿sin zoreils, sin godos?». Esta pluralidad de voces y de ritmos es una de las señas de identidad de la música tradicional africana que llegaría a América a través de los esclavos y que parece marcar la cadencia de este extenso poema. El poeta tiene conciencia de estar en el mundo y, desde las islas atlánticas o las islas del Índico, desde Canarias o desde Isla Reunión,  reflexiona sobre el sufrimiento humano que impone el colonialismo: «¿Las islas de nadie? ¿O son también el reverso desconocido de Canarias con sus plumajes de turistas, de plataneras olvidadas, de cañas de azúcar, de penas?». Se identifica con los pueblos sojuzgados que todavía sobreviven en medio de una turisficación –¿otra forma de colonialismo?– que explota los recursos naturales e impide el crecimiento y desarrollo económico de sus habitantes. Se repite la misma historia aquí y allí, los mismos temores, la misma tradición de tierra conquistada pero no aniquilada, sea en el África continental o en las islas, en el Índico o en el Caribe. El poeta emprende un proceso de conocimiento que conecta con los
otros y se abre a una búsqueda y afirmación de las identidades. Porque existen y coexisten muchas identidades para una sola verdad, la de los seres humanos que han sido y son colonizados culturalmente. Nilo Palenzuela nos descubre que todo está conectado y nada es casual. Otro Mar… es un lugar de encuentro de las civilizaciones de los cinco continentes. Nos muestra el continente africano en toda su gran diversidad cultural, visto desde atrás –desde una esquina, desde el este, desde sus islas– para ver el mundo de «quienes huyeron, negros, rumberos, campesinos, hijos de colonos hoy en camiones repletos, en guaguas, con pinta de zoreils, sombríos». El mismo paisaje humano aquí y allí y las mismas nubes que bajan del punto más alto de Isla Reunión hasta La Laguna.

El poeta nobel de las Antillas francesas, Saint-John Perse, afirmaba que poeta es aquel que rompe la tradición. Nilo Palenzuela, ciertamente, no cae en los tópicos sobre África o Canarias y huye claramente de los clichés.

Las islas, todas las islas, en el  imaginario de occidente siempre han sido vistas como el paraíso, aunque la realidad sea un infierno para los colonizados. Desde el Archipiélago Canario formado por islas idílicas y afortunadas, según la visión del europeo, el poeta siente el mundo y lo piensa, lo que lo lleva a emprender un viaje a través del sufrimiento humano: «¿Cuántos se ahogaron aquí, / en las bodegas del barco, / en orden, como piezas, / solo/ dolor/ orín/ y recuerdo/ tierra, arena, / memoria que asciende/ y borra?». Es este un viaje por la memoria en el que se constata que la Historia está habitada por el olvido y el silencio. Se reivindica la memoria frente al recuerdo porque el recuerdo es pasado y es individual;  mientras que la memoria siempre es universal, está viva, pertenece a los que no tienen nombre y mira al futuro. Por supuesto que es este un viaje intelectual y existencial, más que geográfico, en el que se huye
de los mitos y de la mitificación, ya que el mito corrompe la historia y contribuye al olvido. El  mito prostituye el pasado y es el instrumento de los colonos y de los dioses para perpetuarse. Para Roland Barthes el mito es un habla despolitizada que oculta la verdadera historia de los grupos humanos.

Todo viaje es una búsqueda espiritual a la que acompaña la razón, el entendimiento. El poeta compara realidades y hechos, juzga e induce a que los conozcamos. A la vez nos hace partícipes de la búsqueda de la identidad, del conocimiento, de las raíces, de la luz. Este es el viaje, el hallazgo del origen: quiénes somos, dónde estamos y cuál es el futuro. Un viaje colectivo que, visto así, probablemente no finalice nunca. Se inicia en el este, «aunque solo sea por ver mejor», porque es el símbolo del sol naciente que se identifica con la iluminación espiritual frente al poniente que simboliza la muerte y la oscuridad. El poeta es consciente de que la escritura traza un itinerario que le permite enlazar y ordenar ideas, certezas y sentimientos para llegar a identificarse con el otro, con el próximo. Otro mar, otro suelo posee la virtud de reconocer la realidad circundante en la que los espacios, las culturas y los personajes históricos constituyen una guía para el lector, que puede así visualizar la memoria y el olvido. El poeta navega por otros mares y pisa otros suelos para encontrar la identidad en un mundo cada vez más globalizado que estandariza hasta la existencia.

Se abre el libro con unos versos que dibujan una imagen llena de plasticidad que viene a ser el símbolo de los grupos humanos en constante desplazamiento y sorteando todo tipo de obstáculos para recomenzar la vida: «Luchan los pájaros/ al paso del ciclón, / griterío, nidales por los suelos:/ la vida
recomienza/ en el bosque de filaos». El bosque de filaos representa la vida, un mundo en permanente transformación que crece, se ensancha, que muere y revive como África. Otro mar… es un extenso poema que consta de siete partes: Filaos y Gran Sur que nos introducen en la enormidad del continente
africano, tan próximo como olvidado; De un lado a otro, Llueve y arde a la vez. Duraciones que muestran la desmemoria y la idealización de la cultura occidental con sus escritores – como Paul Bowlws y la beat  generation en Tánger– que descubren África «con un zumbido de pederastia» tal como nos contó el marroquí Chukri en la novela Pan desnudo; En el paso de otros pasos se resalta que todos los sures están entrelazados: «Sabemos lo que es Galápagos, lo que hizo Atahualpa… el tono de una décima de Martín Fierro, las historias de nativos insertadas por Viera y Clavijo», pero olvidamos pronto el trasiego humano, el nomadismo de los sin nombre: «las familias llegadas de Flandes, los judíos, los portugueses, los españoles de Castilla, de Cataluña, ay, y de Extremadura… o los que vinieron del Líbano después de una guerra más y los que ahora llegan para vivir entre hoteles y comercios». El cierre, Como si no
fuéramos todos, se reafirma en que, como hijos del mismo sol, estamos abocados al encuentro con otras civilizaciones y al diálogo con otras culturas, con lo extraño, para ir encontrando las raíces de la propia identidad, «bajo la poderosa fuerza de lo que siempre se desplaza, desde el origen». Y una
pregunta en el aire: «¿qué palabra, / qué silencio/ cauterizará/ lo que somos/ y no podremos ser?». Este libro se alimenta de todas las culturas y es capaz de ponerlas en comunicación haciendo visible lo que la cultura dominante oculta, incluso aquí, cuando paseamos por las Palmas entre las tiendas tamiles, los
restaurantes hindúes, y «subes al pequeño templo en un tercer piso, tan cerca de Las Canteras, / como si Sadarangani no fuera también de esta ciudad, /como si no entrásemos descalzos, / más que turistas, convocados por el amor/ de Parvati». Bajo el mismo sol africano de Tomás Morales, pero en otro mar y
en otro suelo, para volver hacia nosotros, para mirarnos en la identidad
redescubierta.

La fotografía de la cubierta del libro, cuya autora es Teresa Correa, retratael Puente de los Mártires sobre  el río Níger que simboliza la transición de un estado a otro, la búsqueda de mejor vida, aunque  muchas veces la otra orilla es la muerte. En ese puente están, entre otros, el poeta y político senegalés
Leopold Sédar Senghor, miembro de la Academia francesa; el parnasiano Leconte de Lisle de Isla Reunión que levantó su voz contra la esclavitud; lacantante sudafricana Miriam Makeba, Mamá África, i cono de la lucha contra el apartheid; la increíble Bi Kidude, de Zanzíbar, símbolo de una cultura que se
resiste a desaparecer. Y también podría aparecer en ese puente nuestro poeta gomero, quien fuera prisionero en Dajla. Todos ellos podrían estar en el Museocontemplando «esos cráneos canarios, enumerados y sin nombre, amontonados para turistas ejemplos del saber que ignora el espesor de la
muerte». Hasta la ironía y la acidez de nuestro Alonso Quesada están presentes en las páginas de este libro singular: «Quesada atrapado en su isla africana, ¿no pudo soñar lo que el continente resguardaba?  Demasiada soberbia de Europa en las entradas y salidas del puerto, incluso para un insular tan desvalido». El final de libro nos lleva al principio, al vuelo de las aves: «El vuelo, el árbol, / hendiduras sin nombre» que nos remite al sempiterno nomadismo de los grupos humanos, a la gravitación de un lado a otro.

Es de agradecer, en estos tiempos distópicos, una poesía comprometida con el lenguaje poético y a la que nada le es indiferente ante los excesos y desviaciones de lo que llamamos civilización. Poesía racional, llena de sensibilidad y pasión, poesía que experimenta y poesía de la disidencia desde los mismos planteamientos poéticos que sustentan su lenguaje, el ritmo, el ritmo interior, la musicalidad. En Otro mar, otro suelo se hace realidad aquella sentencia de Saint-John Perse: el poeta tiene la obligación de ser «la mala conciencia de su tiempo».

 

 

 

 

Julio 2026

Felipe García Landín