Comprensión lectora en la tercera fase

Felipe García Landín Opinión

«¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?». Con estos versos de la obra teatral La roca (1934) de T. S. Eliot, el profesor de lingüística Raffaele Simone nos invita a la lectura de La Tercera Fase. Formas de saber que estamos perdiendo (2001) que pretende, describir, según él mismo explica en el prólogo, cómo se crean y elaboran nuestros conocimientos, nuestras ideas y nuestras informaciones. Un tema que nos afecta más de lo que pudiéramos creer pues nos hallamos, como civilización, en medio de grandes cambios con una sociedad fuertemente informatizada que maneja múltiples dispositivos para hablar, escribir, leer, ver, mirar, oír, escuchar. La historia de la humanidad estuvo marcada por la aparición de la escritura en una primera fase y la segunda por la invención de la imprenta que supuso toda una revolución en la comunicación y la difusión del conocimiento. La aparición de los medios audiovisuales, así como la informática y la telemática, constituyen la tercera fase en la que predomina el lenguaje visual. La pregunta, inquietante, es si el lenguaje visual está afectando a la comprensión lectora y, por tanto, al conocimiento. La sociedad de la información en la que vivimos debiera conducirnos al conocimiento y la sabiduría, pero la sobrecarga de información, y la consiguiente saturación, puede llevar a una distorsión de la realidad, ya que no siempre es fácil discernir lo verdadedo de lo falso. La posverdad, además, se ha naturalizado de tal forma que impide el conocimiento. Convivimos con tanto ruido que al final no escuchamos lo verdaderamente importante y en vez de la sociedad de la información estamos en la sociedad del ruido.

En 1948, hace 75 años, Pedro Salinas publicaba El defensor, un conjunto de ensayos cuyo denominador común es la defensa de la lectura y la escritura como los recursos más eficaces de comunicación intelectual y social e imprescindibles para el desarrollo personal. En uno de esos ensayos, Defensa implícita de los viejos analfabetos, denuncia a los nuevos analfabetos a los que llama neoanalfabetos, los también llamados hoy analfabetos funcionales que presentan grandes deficiencias en comprensión lectora y en escritura. Luego están las personas alfabetizadas que saben leer y escribir, pero que el ritmo de vida acelerado y estresante les impide leer más allá de los  wasaps. La espera y los silencios se hacen más llevaderos ojeando –¿leyendo?– en el móvil o la tableta los resúmenes de prensa, las más diversas informaciones en Twitter, Twich, Facebook, Instagram, YouTube, TikTok, Pinterest, Snapchat… Imagen, vídeo y música nos acompañan en todo momento y lugar. Muchas personas solo leen lo que quieren o lo que el teléfono inteligente selecciona según los gustos de cada cual: desde las cotizaciones en bolsa a los deportes, desde los espectáculos a la información política. Son los nuevos anafalbetos frente a los viejos y puros analfabetos que no saben y no pueden leer nada. Personas que hablan y leen a medias –afirmaba Pedro Salinas– piensan a medias y a medias existen. Y, además, fácilmente manipulables.

El culto a la imagen se impone al libro y a la lectura pausada. Lo comprueban muchos docentes que constatan que cada vez más jóvenes tienen problemas para seleccionar las ideas principales de un texto breve. Las competencias en lectura y en expresión oral y escrita son una preocupación constante desde la secundaria hasta la universidad. Los neoanalfabetos, antes que leer, buscarán la versión cinemetográfica de cualquier obra literaria y si alguno se tropezara casualmente con una novela de, pongamos por caso, Alexis Ravelo, será porque le ha llamado la atención el diseño de la portada y, por supuesto, buscará en el teléfono inteligente la película. Si esta no existe, presumirá de su cultura con los colegas, a los que les informará de esa gran novela de Ravelo vista en el escaparate de una librería y que no se explica cómo todavía no ha sido llevada al cine. En fin, personas que saben leer y escribir, pero que renuncian al uso de su capacidad lectora por falta de tiempo. Nunca lo tienen. Claro que leen, lo indispensable, lo necesario para el día a día en el trabajo, lo justo para interrelacionarse. Estos neoanalfabetos creen estar bien informados aunque de poco sirve la información sin conocimiento. La paradoja es que no hay conocimiento sin información y sin conocimiento no se puede acceder a la información, o se accede a medias. La cultura de la palabra escrita convive con la cultura audiovisual y parece evidente que hay muchas formas de leer. El concepto de lectura ha cambiado pues existen nuevos lenguajes y nuevos soportes. Probablemente hoy se lea más que nunca, solo que el libro ya no es el principal vehículo de transmisión de la cultura. Pero el proceso de leer sigue siendo el mismo: recibir información e interpretarla.

El profesor y economista Albino Prada escribía en la revista Sin Permiso un interesante artículo en el que analiza, inspirado por Raffaele Simone, la relación entre la pérdida de comprensión lectora y el uso masivo de medios digitales. Se basa en el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA en inglés) y en el Estudio Internacional del Progreso en Comprensión Lectora (conocido como PIRLS) de los años 2018 y 2016 respectivamente. Los datos confirman, en general, que en los países donde los alumnos cuentan con más recursos informáticos obtienen peores resultados en comprensión lectora que aquellos otros que cuentan con menos medios informáticos. Esto –concluye Prada–- «está afectando a capacidades intelectuales básicas y a nuestra comprensión lectora y de razonamiento». Por tanto, enseñar a leer, con todos sus significados, sigue siendo el único fin de la enseñanza, sin olvidar que aprender a leer supone un esfuerzo que lleva tiempo porque siempre estamos aprendiendo. Ya Goethe era consciente de esto y a sus 80 años confesaba que todavía estaba aprendiendo a leer. Hoy lo tendría más difícil en esta sociedad de la información y de la posverdad aunque, como nuestros jóvenes, contaría con nuevas herramientas de comunicación para ensanchar conocimientos y adquirir sabiduría. La clave: aprender a leer. Lo dicho. ¿Adónde va el conocimiento que hemos perdido en información?